Llegué dispuesto
a contar un cuento, a contar mi cuento. Nunca he pensado que fuera un cuento
bueno, ni siquiera que fuera medianamente interesante pero creo que eso es algo
bastante común. Uno siempre es su mayor (y peor) crítico. Nunca eres capaz de
valorar en su justa medida lo que has hecho. Siempre es mejor que alguien ajeno
te diga si vale la pena o no. Y mi cuento solía gustar. No a todo el mundo,
pero sí a la mayoría.
Así que allí estaba, sentado delante de mi público,
dispuesto a explicarlo. No lo llevaba escrito. Leerlo siempre me ha parecido la
peor manera de disfrutar de un cuento. Un cuento está hecho para contarlo. No
es una novela o un ensayo. Hay que escucharlo. Es como leer una obra de teatro
o el guión de una película. No le encuentro sentido. Todo tiene su sitio y el
del cuento es dentro de uno. Solo sale para entrar en otro, o en otros. Y allí
permanecer hasta que ese, o esos, decidan sacarlo para entrar en los
siguientes. Y así hasta el infinito o hasta que alguien lo deja atrapado en un
libro. Pero siempre hay alguien que lo libera. Siempre habrá una persona que lo memorizará para explicarlo después.
Hice un gesto con
las manos, llamé la atención de mi público que, sentado en el suelo, calló para
mirarme. Saludé y empecé con el “Érase una vez”. Me gusta empezar así. Todos
los cuentos deberían empezar así. Da igual en qué lugar y en qué época esté
ambientado. Siempre “era una vez”. Es el comienzo perfecto. El “Colorín
colorado, este cuento se ha acabado” ya no me gusta tanto. Me da la sensación que
ese final trata al que escucha el cuento como idiota. Como que si no hicieras
esa rima estúpida, no sabría que el cuento ha terminado. Como si callarse no
fuera suficiente.
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