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20 marzo 2014

Encuentros

Supongo que llevo un tiempo en que he pensado mucho en eso de encontrar lo que no buscas... la cosa es que hoy, de casualidad he encontrado esto que no sé cuando lo escribí, no puede hacer demasiado pero la verdad es que no recuerdo cuando lo hice. Y viene muy a cuento.

Al final es lo importante: encontrar lo que buscas; incluso encontrar algo que no sabías que estabas buscando, que aparece cuando ni sabías que existía o cuando habías olvidado que lo buscabas o lo tenías. Lo importante es encontrar. Ellos se encontraron, se miraron, se sonrieron fugazmente y siguieron su camino. Cada uno en dirección opuesta a la del otro. Durante un momento ambos pensaron que debían girarse y seguir al otro, que se habían sonreído, que se habían encontrado. Pero ambos pensaron que era una tontería y que el otro no habría sentido lo mismo. Y así se perdieron de nuevo. Al cabo de un par de horas ya se habían perdido, ya no se buscaban más, habían vuelto al punto inicial, como dos horas, trece minutos y 47 segundos antes, apenas un segundo antes de encontrarse por primera vez. Pero les daba igual. La vida es eso que pasa mientras piensas en todo lo que no pasará. O eso dicen. Hasta que lo encuentras.


10 agosto 2012

El cuentacuentos


Llegué dispuesto a contar un cuento, a contar mi cuento. Nunca he pensado que fuera un cuento bueno, ni siquiera que fuera medianamente interesante pero creo que eso es algo bastante común. Uno siempre es su mayor (y peor) crítico. Nunca eres capaz de valorar en su justa medida lo que has hecho. Siempre es mejor que alguien ajeno te diga si vale la pena o no. Y mi cuento solía gustar. No a todo el mundo, pero sí a la mayoría.
Así que allí estaba, sentado delante de mi público, dispuesto a explicarlo. No lo llevaba escrito. Leerlo siempre me ha parecido la peor manera de disfrutar de un cuento. Un cuento está hecho para contarlo. No es una novela o un ensayo. Hay que escucharlo. Es como leer una obra de teatro o el guión de una película. No le encuentro sentido. Todo tiene su sitio y el del cuento es dentro de uno. Solo sale para entrar en otro, o en otros. Y allí permanecer hasta que ese, o esos, decidan sacarlo para entrar en los siguientes. Y así hasta el infinito o hasta que alguien lo deja atrapado en un libro. Pero siempre hay alguien que lo libera. Siempre habrá una persona que lo memorizará para explicarlo después.
Hice un gesto con las manos, llamé la atención de mi público que, sentado en el suelo, calló para mirarme. Saludé y empecé con el “Érase una vez”. Me gusta empezar así. Todos los cuentos deberían empezar así. Da igual en qué lugar y en qué época esté ambientado. Siempre “era una vez”. Es el comienzo perfecto. El “Colorín colorado, este cuento se ha acabado” ya no me gusta tanto. Me da la sensación que ese final trata al que escucha el cuento como idiota. Como que si no hicieras esa rima estúpida, no sabría que el cuento ha terminado. Como si callarse no fuera suficiente.

09 agosto 2012

Sol de julio

Sol de julio en Granada, 
los estudiantes ya dejaron la ciudad. 
Sin desayunar me meto en cualquier bar: 
una caña y una tapa, 
nunca es pronto pa empezar, 
nunca es tarde pa olvidar. 

 La Alhambra lo observa todo sin mirar, 
el calor del mediodía casi la hace brillar. 
Entraste sin llamar 
y, sin decir nada, 
te fuiste sin avisar. 

Treinta y cinco grados en la plaza de la catedral, 
mala hora para pasear, 
dos inglesas ríen sin parar 
en la terraza de cualquier bar, 
otra cerveza más, 
nunca es pronto pa empezar, 
nunca es tarde pa olvidar. 



Nota: Esto me salió al escuchar en "Tokio ya no nos quiere" de Lori Meyers el tercer verso

20 agosto 2011

No estás

Todas las noches sueño que te vas
y en sueños lucho por impedirlo
pero cuando me despierto
nunca estás

11 noviembre 2010

El tiempo

Miró la esfera blanca de su reloj de bolsillo, siempre había querido tener uno. El reloj marcaba la hora que esperaba encontrar así que no se preocupó, todo iba bien. Siguió caminando tranquilamente hacia su destino. En cuanto llegó entró, no quiso permanecer más tiempo en la calle, hacía demasiado calor. Allí no había nadie así que se sentó a esperar. Volvió a consultar su reloj. Le gustaba hacerlo, era nuevo pero viejo, nuevo para él puesto que lo tenía desde hacía apenas un par de días pero viejo para todos los demás. Lo compró a un anticuario que no paraba de repetir que había pertenecido a no sé qué político famoso de principios del siglo XX. Pero eso a él le daba igual. Simplemente le gustaba el reloj.

El tiempo empezaba a pasar despacio. Pasaban ya 16 minutos de la hora prevista y allí no aparecían los que tenía que hacerlo y si algo no soportaba era la impuntualidad. Cuando las saetas negras sobre fondo blanco de su reloj marcaban 37 minutos de la hora acordada apareció la primera de las tres personas que tenían que llegar. Se levantó de la silla en que se acababa de sentar cansado de dar vueltas y miró con cara de pocos amigos al recién llegado. El hombre esbozó una media sonrisa de disculpa bajo su bigote y se interesó por las otras dos personas. Ni rastro de ellas. Habría que seguir esperando. El tiempo de espera pasó en silencio, los dos hombres no tenían nada que decirse, no habían venido a charlar. El primero, el del reloj, volvió a consultar la hora visiblemente impaciente, 43 minutos más tarde de la hora. La puerta se abrió, aparecieron las dos personas que faltaban: un hombre y una mujer. Saludaron a los otros dos y fueron hacia una de las esquinas de la sala. Sin más palabras dejaron el maletín sobre una mesa vieja, rallada, de madera clara y no demasiado buena. A continuación se sentaron. El hombre del reloj acercó su silla a la mesa, lo mismo hizo el del mostacho.

La mujer abrió el maletín y enseñó su contenido a los otros dos. Sonrió. El del reloj sacó de su bolsillo una cajita. La dejó sobre la mesa y la abrió. El hombre que había llegado con la mujer se relamió deleitándose con lo que veía. Tras un par de segundos todos miraron al hombre del bigote. Este devolvió las miradas y se dispuso a sacar de la bolsa de plástico que traía una caja de zapatos. La destapó encima de la mesa para alegría del hombre y de la mujer que no pudieron ocultar su felicidad al ver el contenido. El hombre del bigote empezó a vaciar el maletín en su bolsa de plástico, cuando lo dejó a la mitad se levantó, inclinó levemente la cabeza y se fue sin decir palabra. El del reloj esperó unos segundos a que se hubiera alejado, cerró el maletín y se levantó con él, también dispuesto a irse. En el umbral de la puerta se detuvo, se giró y mientras decía adiós efectuó dos disparos. Los dos encontraron su objetivo: primero el entrecejo del hombre y después el de la mujer. El silenciador amortiguó el ruido, aunque no demasiado. Pensó que pronto aparecería algún curioso. Miró su reloj mientras desandaba sus pasos hacia la mesa. Recogió la caja de zapatos y su cajita, maldijo no tener una bolsa de plástico como el hombre del bigote y la impuntualidad de sus ex-compañeros. Iba 43 minutos tarde. Salió del local y cerró la puerta con llave.

31 marzo 2010

Adiós en 99 palabras

Su risa sonó como una despedida, una despedida triste, una despedida definitiva. ¿Y yo? Yo sonreí, sonreí por verla reír una vez más, aunque fuera la última. Y la abracé bien fuerte para que no escapara, para impregnarme de ella y que ella se impregnara de mí. Y aunque ella no entendió por qué lo hacía, me abrazó. Yo no quería soltarla pero lo hice en cuanto ella aflojó su abrazo, en cuanto ella demostró que ya era suficiente disminuyendo la presión de sus brazos sobre mi espalda, de sus pechos sobre mi pecho. La solté. Y se fue.

03 marzo 2010

Ancha es Castilla

Miraba al horizonte como podía hacerlo cualquiera y sin embargo veía cosas que no podía ver nadie. Probablemente estuviera loco, pero poco importaba. Como alguien dijo una vez, loco es el que pasa los mejores 40 años de su vida trabajando para dejar de hacerlo cuando ya es viejo y no tiene tiempo de disfrutarla. Él ni era viejo ni trabajaba, sólo miraba el horizonte en busca de algo. Algo que no conseguía encontrar entre toda esa amalgama de cosas que veía. "Ancha es Castilla", era lo más que decía, de vez en cuando, si nadie le preguntaba. Si te interesabas, en cambio, te contaba todo lo que veía al final de aquella llanura de la que estaba siempre rodeado. Y te decía, con aire triste, que lo único que no veía era lo que quería ver. Cuando le preguntabas que era lo que quería ver se callaba un buen rato, suspiraba y se volvía a callar. Nadie sabía lo que quería ver, dudo incluso de que lo supiera él. Supongo que en su cabeza sólo buscaba una meta, un destino, una razón de ser, un motivo por el que estar allí sentado mirando a lo lejos, viendo cosas.

Un día, de repente, se levantó.

12 febrero 2010

Remolacha y el remero

Remoloneaba… remoloneaba mucho, remoloneaba mucho Remolacha mientras aquel remero intentaba remediar tener que hacerle un remiendo a su remo.

Remolacha, cuyo pelo extrañamente morado había dado lugar a su mote, miraba el mar desde la orilla, veía sufrir al marinero, pero no hacía nada por evitarlo. El marinero, que ya se había percatado de la presencia de aquella chica, la miraba de vez en cuando en busca de auxilio pero no se atrevía a alzar la voz, debía ser él quien solucionara aquel embrollo sin necesidad de partir por la mitad aquel trozo de madera que le servía de propulsión a su barca.

Y así fue como la pereza y el orgullo se conocieron. Y así fue como la inocencia y la sabiduría se conocieron. Y así fue como la tierra y el mar se conocieron.

Y así es como Remolacha y el remero rememoran aquel momento.

15 enero 2010

Por el Rey y por España

Sin brazos, manco de ambas manos. Así estaba. Así lo había dejado alguno de aquellos franceses contra los que luchaba por Su Majestad y por España. ¿Y qué era un hombre sin brazos? Nada. ¿Cómo se ganaría la vida cuando volviera a casa? No podría. Él sólo pedía que le volvieran a enviar al campo de batalla o que la gangrena se lo llevara. Sólo quería morir. Y si era luchando mejor. Vivir sin manos no era vivir. Sólo sabía hacer dos cosas bien, luchar a espada y guiar a su mula desde Sierra Nevada a Granada cargada de nieve y hielo. Todavía podría medio guiar a la mula, pero ya no podría recoger la nieve... eso ya no era posible. ¿Y qué iba a hacer? No podía pagar ni siquiera a un chiquillo que lo hiciera por él. Quería morir.
Y así lo encontró ella. Él, que no sabía si llorar en un rincón porque no moría o salir a buscar a la muerte, la vió.  Sentada en una esquina de aquella tienda ruinosa que era lo más parecido que tenían a un hospital los soldados en campaña. Mirándole fijamente, seria, fría, sin moverse.  Y esa mirada fría le recorrió el cuerpo, desde la punta de los dedos de los pies hasta la punta de los dedos de las manos, de esas manos que ya no tenía pero que él seguía sintiendo.
La miró. Miró fijamente esos ojos negros. Miró fijamente esa piel blanca. Miró fijamente ese pelo dorado como el Sol. Y no supo qué hacer ni qué decir. Ella sí habló. Pero sólo para decirle que le daba pena. Y no porque no tuviera brazos sino por sus ganas de morir.
-    La vida es lo más valioso que tenéis -le dijo- y os la jugáis a cada minuto por cualquier tontería, como el honor.
Él se incorporó indignado.
-    Un hombre sin honor no vale nada -le replicó.
-    Un hombre muerto tampoco -contestó ella.
-    Vivir sin honor no vale la pena.
-    Y una vez has muerto, ¿dónde queda el honor?
-    En los libros, en los cuentos, en las historias, en la Historia -gritó mientras pensaba que hacía aspavientos con sus añorados brazos.
-    Morir por gangrena no es ningún honor que nadie recuerde.
-    Morir por las heridas de una batalla sí. Morir por las heridas de una batalla en que luchabas por tu patria y por tu Rey sí. ¿Y qué son mis dos brazos amputados más que heridas de guerra? No hay más honor para un soldado de un tercio español que morir en batalla o a causa de ésta.
-    Entonces sal y lucha. Levántate y agarra tu espada con la boca. Corre como un loco contra el enemigo. ¿Qué vas a hacer sin brazos? ¿Cómo vas a luchar?
El hombre, abatido de nuevo, bajó la cabeza.
-    ¿Lo ves? Ya no vas a morir con honor, ¿por qué quieres morir?
-    Porque no puedo vivir con honor. Prefiero morir deshonrado que vivir en deshonra.
-    Está bien. Si así lo deseas, así morirás.
Ella se levantó, se acercó tan despacio y tan quieta que parecía que levitaba en vez de caminar. Se paró al costado del camastro en el que yacía él y con una mano fría como la muerte le bajó los párpados cerrándole los ojos. Agarró su alma y se la llevó.
Ni La Muerte pudo evitar la muerte.

15 diciembre 2009

Mi cama

Mi cama
sin ti es menos cama,
sin tu cara
apoyada
en la almohada,
mi cama
se queda en nada.

Sin tu espalda
entre mis brazos atrapada,
sin tu olor esperándome en las sábanas,
mi cama
sin ti no es nada.

Sin ti no hay nada.

07 mayo 2009

Tu cara

Que las olas me traigan
y me lleven
pero que siempre me dejen
al lado de tu cara
que no hay lagos más profundos
que tus ojos
que no hay lluvia en el mundo
más bonita que tu llorar de alegría
que el Sol no brilla
nunca más que tu sonrisa

Quiéreme

Quiéreme
dame más besos
Quiéreme
como nunca lo has hecho
Quiéreme
porque yo lo hago
como si no hubiera más momentos
porque yo te amo
como si no quedara tiempo.

01 diciembre 2008

Soy

Con la mudanza encontré esto entre un montón de papeles, y la verdad es que me gusta bastante...

Soy

Yo,
que soy más de gafas
que de lentillas

de barba
que de perilla

de pulseras
que de anillos

de cerveza
más que de vino

de Indurain
que de Perico

de Eto'o
que de Ronaldinho

más de sillón
que de sofá

antes que un baile
prefiero cantar

de Jaén
más que de Graná

de reír
más que de llorar

más que de vivir
soy de soñar.

07 noviembre 2008

Eres luz

Eres luz, eres primavera,
eres fuego, eres tormenta,
eres verso, eres poema.

Eres luz, eres alegría,
eres color, eres vida,
eres verso, eres poesía.

¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía... eres tú.

26 marzo 2008

Sueños (II)

Segunda parte (y creo que última) de esta cosa que escribí hace unos meses...

Tres meses después encontré, reorganizando y borrando teléfonos absurdamente almacenados en mi agenda del móvil su número. Ya prácticamente había olvidado aquel encuentro, era una pequeña luz blanca sobre el fondo negro de la rutina de aquella ciudad. Tan pequeña que comenzaba a apagarse en la distancia. Aquella luz que bien podría ser la luz de un sueño del que te despiertas de golpe sin estar seguro de donde estás y de si lo que estabas haciendo hace un segundo era dormir o vivir. Aquella luz creció, se intensificó al ver su nombre en la agenda. Borró los momentos tristes e iluminó con toda su potencia su sonrisa, su felicidad reflejada en su cara, su sudor compartido con el mío, su olor…
Tardé dos días en atreverme a llamar, en vencer el miedo al NO. Cuando su voz respondió al otro lado del teléfono en aquel extraño idioma que se hablaba en aquella ciudad pensé que la había perdido para siempre. Supe que no había guardado mi número en su agenda como hice yo, que ya se había olvidado de mí. Aún así me identifiqué, quería verla una vez más. Ya la había olvidado, ya no soñaba con ella, ya había conseguido sacarla de mí, guardarla muy dentro, muy en el fondo, en una esquina oscura. Verla en aquel paso de peatones la había devuelto a primer plano, quería verla una vez más.
Tardó un poco en reaccionar, noté en su voz y en su silencio, en su respiración, aquella que una vez tuve en mi cuello, aquella que hubo un tiempo que me necesitaba, que sin mí no era nada, aquella respiración a la que una vez yo daba el oxígeno, que no me reconoció al instante. He vuelto a perder, pensé. Un par de segundos después me saludó efusivamente. Se río por su despiste al no haberme reconocido dejándome oír una vez más, tres meses después y, antes de eso, muchos años después, su risa en mi oído, y me volvió a preguntar que qué tal tres meses después. Intercambiamos algunas frases vacías, a mí ya me valían para escucharla, y me arrojé al vacío, subí al acantilado más grande que encontré y me lancé con los ojos cerrados. Aceptó acompañarme, por los viejos tiempos dijo, pero a mí me daba igual. Ella había vuelto a mi vida.
La cena fue amena pero no divertida, entretenida pero no graciosa, lo suficientemente insulsa para que ella quisiera acabar allí, irse a su casa y no volver a hacer nada por los viejos tiempos. Le sugerí ir a tomar algo sin ninguna esperanza y cuando ella empezó a buscar alguna excusa para rechazar mi invitación entendí que hasta ahí había llegado mi recuerdo, mi sueño, mi encuentro casual con el pasado, con ese rincón abandonado que creí que ya no existía. La ciudad era muy grande, no volveríamos a vernos ¿Qué probabilidades había? ¿Cuántos millones de personas podían vivir en aquella ciudad? No nos encontraríamos nunca más.
Pero no encontró excusa o quizás no se dio por vencida. Quizás pensó que ¡qué diablos! Que por los viejos tiempos tampoco estaba mal tomar una copa después de cenar. Y eso hicimos. Conocía un local cerca de mi casa y no muy lejos de allí. Cogimos un taxi hasta el bar. El dueño me hacía las veces de amigo en aquella extraña ciudad en que las tardes de verano eran demasiado largas para pasarlas solo. Se alegró de verme y se sorprendió más de verme acompañado. Nos sentamos en una de las mesas y pedimos un par de cervezas. El local era tranquilo, se podía hablar y tanto la música como el ambiente hacían del sitio un lugar agradable. Estuvimos charlando mucho rato y unas cuantas cervezas después decidimos que ya era suficiente de brindar por los viejos tiempos. Pensé que era el momento de arriesgar por los nuevos, de intentar brindar por los que vendrán, por los que tenían que llegar de un momento a otro. Quizás fuera un brindis a la soledad o quizás fuera un brindis a su risa en mi oído, a su voz y a su silencio, a su respiración, aquella que una vez tuve en mi cuello, aquella que hubo un tiempo que me necesitaba, que sin mí no era nada, aquella a la que yo daba el oxígeno.
Supongo que la cerveza ingerida ayudó. Supongo que en otras circunstancias, en otra ciudad, no nos hubiéramos visto así, en mi cama, desnudos. Pero aquellas eran esas circunstancias y era aquella ciudad, así que estábamos desnudos en mi cama, charlando, abrazados, sintiéndonos una vez más después de tantos años. Se quedó dormida ella antes que yo y recuerdo que deseé que no despertáramos jamás. Pero la luz que entraba por la ventana me despertó. Abrí los ojos y me giré sobre la cama. Ella no estaba. No había ningún rastro de ella allí salvo un leve olor a su piel que no podía saber si era real o imaginario. Pensé que había sido un sueño, que no estuve con ella anoche, que tres meses atrás no me la había encontrado en un paso de peatones, que no habíamos tomado un café, que la noche anterior no habíamos ido a cenar, a tomar algo y luego a mi casa, que no habíamos estado en mi cama…
Me levanté con un nudo en la garganta y con un mal sabor de boca horroroso. Fui al baño y vomité. Lo hice de tristeza, de amargura. Vomité hasta que ya no tenía nada que vomitar. Llamé al trabajo y dije que aquel día no iría, que no me encontraba bien. Salí del lavabo y me tumbé en el sofá. Lo último que me apetecía hacer era cualquier cosa que no fuera fumar un cigarrillo tras otro en el sofá. Eso hice durante toda la mañana y parte de la tarde.
Cuando por fin me levanté me acerqué a la mesa del salón y comprobé mi móvil. Quería saber si realmente había sido un sueño o no. Busqué en la agenda y encontré su número donde debía estar pero eso solo probaba el encuentro de aquella tarde en aquel paso de peatones. Busqué en el registro de llamadas pero estaba vacío, ni una sola llamada, ni a ella ni a nadie. No soy un hombre muy hablador por el móvil pero por el trabajo tengo que hacerlo muchas veces al día. Solía borrar el registro al acabar la jornada laboral, no quería mirar el móvil antes de dormir y encontrarme llamadas a gente extraña, a gente que de otra manera jamás habría llamado. Cogí esa costumbre hacía ya casi un año y la seguía a rajatabla desde que un día quise buscar en el registro una llamada a un amigo y en las 25 o 30 posiciones que tiene la lista solo encontré llamadas por trabajo. Fue como darse cuenta de que estás atrapado en la rutina. Eso no podía cambiarlo demasiado, no al menos con este trabajo que me absorbe pero al menos podía borrar las huellas, no ser consciente siempre de que no tengo salida. Así que aquello tampoco significaba nada. Hacía ya casi 24 horas desde la hora de nuestra cita y resolví llamarle para evitar perder más el tiempo. La llamé con la misma decisión que el día de antes, ninguna.
Pero esta vez contestó en nuestro idioma, saludó efusivamente una vez más. Sabía que era yo quien llamaba. Un escalofrío subió por toda mi espalda y me erizó la piel desde el culo hasta la nuca. Una sonrisa se dibujó en mi cara y la alegría inundó mi ser como 24 horas antes. No lo había soñado, ella existía, y lo mejor de todo, no escuché en su tono ni una sola pizca de duda, de remordimientos, de arrepentimiento por lo que había pasado la noche anterior.
La conversación fue corta, ella tenía prisa pero quedamos en vernos más tarde, una nueva cena, y esta no por los viejos tiempos, sino por esos tiempos que se avecinaban, que yo veía iluminados.

19 marzo 2008

Sueños (I)

Digamos que he escrito algo y digamos que es demasiado largo para ponerlo de una vez, digamos que hoy escribo un trozo y mañana o pasado otro trozo y hagamos como si fuera interesante...


Uno tiende a pensar que los sueños son sólo eso, sueños, que no hay que darles más vueltas. Y sin embargo, a veces resulta difícil diferenciarlos de la realidad. Ya no sólo cuando estás durmiendo que todo lo que sueñas pareces estar viviéndolo si no cuando, despierto, al cabo de un tiempo, tres días, cuatro, una semana después recuerdas algo y resulta que no sabes ubicarlo en un lugar concreto, no sabes si te lo contó alguien, lo viviste tú o lo soñaste.
Esta historia empezó como un sueño de esos, de los que no sabes si realmente fueron sueños, lo viviste o te lo explicaron.

Resultó raro que nos encontráramos de repente ¿Qué probabilidades había? ¿Cuántos millones de persona podían vivir en aquella ciudad? Una ciudad tan lejana de la nuestra, tan distante, tan distinta… Pero nos encontramos, cruzando una calle entre otras decenas de personas que hacían lo mismo. Pero nos vimos. Hubo un momento de indecisión, no podía ser. Ni ella ni yo podíamos creerlo. No era posible encontrarnos allí. Pero allí estábamos. Quedarnos parados en mitad de la calle no fue la mejor idea del mundo pero fue nuestro punto de encuentro. En cuanto el primer coche hizo sonar su claxon dimos un bote y nos apartamos hacia la acera más cercana.
Después de los abrazos, besos, de los quétales, de los cuántotiempos, de los queesdetuvidas nos quedamos en silencio. Parecía que no teníamos mucho más que decir. Nos miramos sonreímos y por un momento pensamos que lo mejor era seguir nuestro camino y recordar con cariño aquel momento. Afortunadamente cambiamos rápidamente de idea y decidimos ir a tomar algo a alguna cafetería cercana.
Recordamos miles de momentos. Habían sido tantos los que habíamos pasado juntos. Reímos mucho pues sólo rememorábamos aquellos miles de momentos divertidos obviando los tristes que, aunque no fueron miles, también fueron unos cuantos y que, en su momento, pesaron mucho más. Fueron un par de horas estupendas. Hacía demasiados años que no nos veíamos, que habíamos decidido que aquellos momentos tristes que ahora callábamos nos separaran. Cuando quisimos darnos cuenta había anochecido. Las luces de las farolas y los semáforos convertían la calle en un intento fracasado de arco iris. Un intento de tres o cuatro colores sobre un fondo negro que la lluvia que había empezado a caer difuminaba y convertía en una borrosa paleta de colores primarios. Intercambiamos teléfonos y quedamos en llamarnos. Los dos sabíamos que no lo haríamos, que aquella había sido una buena tarde, una gran tarde, que habíamos conseguido convertir aquella extraña ciudad en nuestra ciudad por primera vez en mucho tiempo. Pero también sabíamos que aquellas anécdotas, aquellas historias que acabábamos de contar no volverían a repetirse y estaban mejor ahí, en ese rincón donde uno confunde los sueños con los recuerdos para recuperarlas dentro de otro montón de años cuando en otra ciudad que no fuera nuestra, cuando en otro semáforo nos cruzáramos y por un segundo dudáramos de que realmente seguíamos estando nosotros detrás de aquella cara tremendamente familiar.

21 noviembre 2007

Aeván

Aeván despertó de repente, abrió los ojos y se vio en un lugar que no conocía. Aeván no conseguía recordar cuándo y cómo había llegado hasta allí. Antes de despertarse, nada. No era capaz de valorar su edad, no podía saber si tenía 15 años, 60 o 500, no tenía un punto de referencia desde el que empezar a contar.

Aeván miró a su alrededor y, sin embargo, lo reconoció todo, sabía qué era un árbol, qué un pájaro…Aeván sabía distinguir cualquier cosa, parecía saberlo todo sobre ese mundo que le rodeaba. Sabía que del alcornoque se podía hacer corcho, que chocando entre sí dos piedras concretas podía hacer fuego. Todo le era familiar, sin embargo no podía ubicarse.

Empezó a andar, decidió explorar el mundo que le rodeaba. Pronto descubrió que no estaba adaptado al entorno, los pies le dolían pues se clavaba cualquier mínima irregularidad en el terreno, el viento le hacía sentir frío y estar incómodo consigo mismo y cojeaba pues tenía una pierna más larga que otra. Al cabo de un tiempo que no supo medir le entró hambre, sabía qué podía y qué no podía comer así que recolectó los frutos que encontró comestibles y desechó los que podían causarle algún mal. Esto también resultó ser una tarea molesta y difícil pues sus brazos eran demasiado cortos y sus dedos no eran demasiado manejables, necesitaba mucha energía para conseguir arrancar el fruto más pequeño.

Aeván, cuando ya la respiración se le hizo tan pesada que no pudo seguir andando, decidió sentarse a descansar. Debajo de un árbol pudo resguardarse de un Sol que al despertar le había parecido insuficiente y que ahora le asfixiaba. Pronto cayó dormido. Y ya no despertó.

Tuvo un último sueño. Una fuerte voz en su cerebro le hacía despertar y le llamaba, cuando se levantaba de los pies del árbol sobre el que se había echado éste abría una enorme boca para hablar. Pero sólo le decía:

-Lo siento Aeván. He vuelto a fallar, no serás el definitivo.

Fue entonces cuando Dios acabó con la corta vida de Aeván, su enésimo proyecto, para proseguir en busca del ser definitivo, aquél que poblaría y reinaría el Mundo que acababa de crear.

28 agosto 2007

Como el Sol cuando amanece

Él solía decir que era libre, que podía ir donde quisiera, que no tenía ataduras, que para qué las quería, él era joven.
Él siempre pensó que sería joven, que sería libre, que podría ir donde quisiera, que no tendría ataduras.
Él de repente se vio viejo de 30 años, ya no se sentía libre, ya no tenía ganas de ir a ningún sitio, sintió que quería atarse.
Y entonces llego ella, un espíritu libre, que podía ir donde se le antojaba, que no tenía ataduras, un espíritu joven.
Y se enamoró y la persiguió hasta que ella se enamoró de él.
Y juntos se convirtieron en unos viejos de 30 años, que no querían ser libres, que no tenían ganas de ir a ningún lado, que querían ataduras.
Y ahí fue cuando se separaron, nostálgicos de un tiempo pasado que siempre fue mejor.