10 noviembre 2013

Fútbol en minúsculas

Por cosas como estas estoy suscrito a Panenka. Texto extraído de la Panenka #23.

Da igual que seas un niño que mira jugar a los mayores o un ejecutivo que atraviesa el parque de camino a una reunión. Si me conoces, yo también te conozco a ti. Sé lo que piensas. Puede que mires hacia otro lado o que finjas seguir la conversación con quien te acompaña. Pero no puedes evitarlo. Es ver la pelotita rodar y al instante te brota un deseo inconfesable: quieres que el balón escape y vaya a parar a ti. Lo devolverás con un solo toque, como mucho dos, y será suficiente. Quedará claro que tú también hablas fútbol.

Si para hablar en mi lengua no importa la edad, mucho menos influye si lo haces en un campo homologado o si tus postes están formados por un montón de chaquetas y un par de mochilas. A mí me trae sin cuidado que me juguéis con equipaciones oficiales o que bajo los palos haya varios porteros acostumbrados a partidos simultáneos. Os voy a hacer vibrar igual con un golazo por la escuadra que con la plasticidad de un trozo de tortilla que vuela a cámara superlenta como si en lugar de haber salido despedido de alguno de vuestros bocadillos saliese de una peli de Ang Lee.

A estas alturas ya sabéis que nací en Inglaterra en el siglo XIX y que viajé con los marineros británicos a los puertos de medio mundo. De todos los nombres que tengo, el que más me gusta incita a la fiesta: ¡Pachanga! Para vosotros, los que me contienen a mí no son días cualquiera. Por eso, más que por mi propia biografía, creo que se me debería juzgar por aquello que provoco en las vuestras. Por mí sois capaces de faltar a clase y al trabajo. De posponer vuelos o reuniones y de saltaros los benditos consejos del médico. Por mí incluso llegasteis a hacer un paréntesis en el frente de Teruel para cambiar momentáneamente los fusiles por el balón. Aunque, de todas las cosas que he escuchado, la que más aprecio viene de Italia: si hay pachanga, mujer mía, no te conozco.

Yo os he enseñado que son tantas las cosas que unen a los hombres como las que los separan y que, puestos a clasificar a la humanidad, es posible hacerlo de múltiples maneras: los de blanco contra los de negro, Barça contra Madrid, solteros contra casados, los que son "del equipo" contra el resto, a dedo, o simplemente al azar.

Soy la viga maestra de vuestra agenda, la piedra angular sobre la que descansa el peso de toda la semana. El que encontráis en mí es un espacio de intimidad colectiva. Y os salgo bastante más barata que los psicólogos. En mí podéis poner en práctica todos vuestros trucos. Yo amo a los jugones, cualquiera que sea su nivel. Doy cabida a los que apenas han aprendido a sostenerse y a los que ya tienen barrigas insostenibles. Acojo a los que vienen a compartir y a los que, más que nada, lo hacen por las cervezas de después. Me da lo mismo. En mí sois todos iguales. El balón os hace camaradas. Porque el fútbol auténtico, el de la gente -el fútbol en minúsculas- tiene más sentido cuando se comparte. ¿El otro? El otro es solo un programa de televisión.

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