14 noviembre 2006

Sólo pensaba en salir de allí

Sólo pensaba en salir de allí. No recordaba muy bien como había llegado pero sí sabía que quería huir. Lo último que recordaba era la reunión en el bar y que comenzaba a estar borracho. Así que supongo que o me emborraché tanto que no me acuerdo de lo que hice o me echaron algo en la bebida que acabó por tumbarme.

El frío era horroroso. Soplaba mucho viento y olía a mar y a pescado. Se oía el mar y los pájaros. No había duda. Estaba en el puerto. Al menos, en algún puerto. Me levanté torpemente, todavía tenía los músculos entumecidos y me dirigí hacia lo que parecía la puerta. El hecho de que la luz que entraba a través del marco de la puerta dibujara el perfil de una puerta de esas de barco me inquietó. Pero no nos movíamos. O al menos yo no tenía esa sensación así que seguíamos amarrados. Es más, no se notaba ni siquiera el balanceo suave de las olas o el zumbido del motor. O estábamos muy dentro del puerto o era un mar muy tranquilo, demasiado tranquilo.

Intenté abrir la puerta. Una de esas manijas extrañas de las puertas de los barcos. No sabía si para arriba, para abajo, para la izquierda o para donde era necesario moverla para salir de allí. Estuve demasiado rato intentándolo. Estaba agotado, todavía no me había recuperado de ¿la noche? anterior. Al menos era de día, aunque quizás no era “mañana”. Quizás hacía un mes o una semana o tres días. Nunca pensé que algo así me pasaría a mí. Paré un rato para descansar. Necesitaba la poca energía que tenía para intentar abrir la dichosa puerta. Siempre he sido muy torpe con las puertas. Siempre intento abrirlas al revés. Quizás había un cartel o una pegatina donde explicase el funcionamiento de la puerta pero estaba demasiado oscuro como para poder verlo.

Cerré los ojos un segundo y me dormí. Me desperté al rato, no sé cuanto tiempo después. Mi reloj había desaparecido. No lo había notado. Y eso que pesa muchísimo. Pero ya tenía el brazo acostumbrado al peso y no lo notaba. Me dio mucha pena. Ese reloj lo tenía desde hacía muchos años. Fue mi primer reloj de agujas, de adulto. Fue mi primer reloj que no era un Casio negro de plástico. Me hizo sentirme mayor. A algunos les pasa cuando fuman el primer cigarrillo o el primer porro. A mí, que nunca he fumado, me hizo sentir así mi reloj. Y ahora lo había perdido. Con un poco de suerte, o un mucho, estaría allí en aquel… ¿camarote? ¿almacén? ¿bodega? En fin, no lo sabría hasta que no abriera la puerta y entrara luz a aquel sitio.

Lo intenté de nuevo. Esta vez con más suerte. Aunque no a la primera ni a la segunda, conseguí abrir la puerta. La habitación se iluminó y mis pupilas también, demasiado. Tardé en reaccionar, cegado por la luz del Sol. Me giré de espaldas a la puerta para poder acostumbrarme antes al nuevo escenario. La habitación no era demasiado grande, vamos, lo que viene siendo un camarote, o al menos los camarotes que yo me imagino normales, por las películas y eso. Nunca había visto un camarote de esos de los cruceros de lujo, de esos barcos gigantes que alguna vez vi atracados en el puerto. A lo mejor este era pequeño. No había nada, excepto un par de sacos en una esquina. Fui a ver si ponía algo. Por un momento olvidé la necesidad de salir de allí. Nada, sacos llenos de algo que no podía ver sin ninguna inscripción visible.

Ya volvía a ver con claridad, salí al exterior. No se veía más que una parte de la cubierta y mar, mucho mar, la inmensidad del mar de la que hablan los poetas. De vez en cuando en el cielo azul intenso, de esos cielos azules sin ninguna nube que, si fuera verano, dan calor solo de verlos y refrescan solo de imaginarse uno volando. Pues de vez en cuando, una gaviota aparecía en mi franja de visión. Eso significaba que estábamos cerca de la costa. Miré a izquierda y derecha y solo vi mar y más mar. Empecé a preocuparme pero justo en el punto donde la pared acababa me pareció apreciar algo. Me acerqué y rodeé la habitación, en realidad rodeé el puente de mando del barco, y vi el puerto. Y al fondo Montjuïc. Un alivio inmenso me recorrió el cuerpo. Seguía en Barcelona. Al menos no estaba en un barco canadiense en medio del Ártico preparándonos para ir a cazar crías de foca con palos.

Ahora tocaba la segunda fase del plan de huída. Salir, después de hacerlo del camarote, del barco y poner pie en tierra. Busqué la escalerilla de acceso a tierra y no la encontré. Y entonces me di cuenta de que el barco estaba desierto. No había nadie, ni un vigilante ni un inmigrante ilegal ni un marinero. Me asusté un poco y eso hizo que acelerara mi busca de una salida. Al final sólo encontré la soga de amarre o como se diga en términos náuticos. Era un poco suicida, acabaría en el agua o con la cabeza abierta contra el muelle pero no parecía haber otra solución así que lo intenté. Primero arrastrándome por encima de la cuerda hasta que casi caigo, me agarré como pude, bocabajo con brazos y piernas. No tenía fuerzas suficientes o no sabía darme la vuelta y colocarme otra vez encima de la soga así que seguí colgado cual explorador atrapado por una tribu de caníbales africanos. En esa posición continué bajando, por suerte, el barco no era muy grande y la pendiente no era muy pronunciada. Al cabo de un par de minutos infinitos conseguí llegar al suelo. Pisar tierra firme. Por fin.

Y ahora la tercera fase: abandonar la zona portuaria. Nunca había estado en el puerto en sí, y mucho menos en la zona de mercancías, con sus grúas gigantes y sus contenedores de colores así que empecé a andar en una dirección al azar. Pronto encontré un guardia de seguridad que estaba haciendo su ronda y que no mostró el menor interés en mí hasta que se me ocurrió preguntarle por la salida.

-¿Cómo que la salida? ¿No trabaja usted aquí?

-Pues no, la verdad es que no.

-Y entonces, ¿Qué hace usted en el puerto?

-Pues verá, me he perdido. No recuerdo muy bien como he llegado hasta aquí.-mi cara de inocente y de realmente no tener ni idea debió convencerle.

-Estos borrachos…-masculló entre dientes-

-¿Qué?

-Nada, nada. La salida es por aquí a la derecha. Gira y luego todo recto hasta la puerta.

-Muchas gracias.

-De nada…mejor pensado, le acompaño yo mismo.

-Como quiera. Gracias.

A los 3 minutos ya estaba en la calle. Y comenzaba la última etapa. Llegar a casa sin dinero, sin cartera y sin móvil que, en ese momento, descubrí que tampoco tenía. Me dio mucha rabia por el valor sentimental más que por el material. Mi móvil era una antigualla, tenía la batería sujeta con un papel para que no se moviera. No tenía ni pantalla de nosecuantos millones de megapíxels ni música calidad mp3 ni cámara de fotos ni nada por el estilo. Mi móvil llamaba y enviaba mensajes. No tenía nada. Así que comencé a andar. Estaba muy cansado pero quería llegar a casa así que decidí no pararme en ningún banco de los muchos que encontré en cuanto llegué a la “civilización”. Seguí andando y sopesé la posibilidad de colarme en el metro pero había guardas de seguridad así que deseché la idea. Estaba demasiado en el centro como para colarme impunemente. O al menos eso creía. Seguí andando…Colón, Paseo Marítimo, Barceloneta, Vila Olímpica, Bogatell… y hasta mi casa.

Tardé un par de horas en llegar. Estaba realmente agotado. No había pensado en ello pero tampoco tenía llaves así que piqué al timbre en busca de una respuesta que no llegó. ¿Dónde estaría ella? ¿Trabajaría hoy? ¿Qué día era hoy?

Decidí averiguarlo. Y para averiguarlo, no hay manera más fácil que ir al kiosco y mirar la fecha en los periódicos. Así que hacia el kiosco me dirigí y, por supuesto, allí estaban todos los periódicos de ¡¿¡¿¡¿ayer?!?!?! No entendía nada. Hoy era ayer. Entonces ¿anoche? ¿qué pasó anoche? Hoy he amanecido en un barco y ayer no lo hice así que ha pasado, el día ha pasado. Y sin embargo, no había pasado. Me costó mucho asimilarlo. Comprobé la fecha, no era 28 de diciembre, no era mi cumpleaños ni mi despedida de soltero ni nada por el estilo. No podía ser una broma pesada. Así que esa era la realidad. Había viajado en el tiempo, yo había seguido hacia delante y el tiempo no o al revés, tal vez había viajado atrás, sólo un día. Pero entonces, debería encontrarme conmigo mismo. Debería haber dos yo ahora mismo. Debería estar en casa ahora mismo. Volví para casa y llamé al timbre a pesar de la teoría que había leído y/o visto y/o escuchado en pelis, libros… de que si me encontraba con mi otro yo se produciría un error en el universo y explotaría o algo así.

Y volví a llamar, y nadie contestó. Así que no estaba en casa. O seguía durmiendo profundamente. Pero ya era casi mediodía, no solía dormir tanto. No podía ser que no contestara a no ser que estuviera en la ducha o algo así. Volvería intentarlo más tarde. Mi estómago rugió. No había comido antes desde la noche anterior, o desde esa noche, ya no sabía desde cuando. La cuestión es que tenía mucha hambre. Pero no tenía la otra parte necesaria para conseguir comida, el dinero. Así que me aguanté. Mi barriga cervecera-tapera se encargaría de suministrarme la energía necesaria. Por fin me iba a ser útil. Siempre pensé que algún día necesitaría toda esa grasa. Aquel era el día.

Me senté en el parque de enfrente de mi casa a esperar. Observaba por si había algún movimiento dentro de la casa pero nada. Allí no había nadie. Y pasaron las horas. Y aumentó el hambre. Me sentía débil. Pero no estaba tan desesperado como para robar. Todavía no. Además, sobre las 4 de la tarde llegaría ella. Y entonces comería.

Llegaron las cuatro y ella llegó. Fui a buscarla y a saludarla. Ella no sonrió como solía hacerlo al verme. Puso cara extraña. Me miró de arriba abajo y siguió su camino. La seguí. La llamaba. Ella corría. Le pregunté qué pasaba. Ella no contestó. Siguió corriéndo y gritó.

-¡Déjame! Mi novio está aquí dentro. Baja ahora a buscarme.- su voz temblaba y su cara intentaba ser fuerte pero sus ojos le delataban. Tenía miedo.

-¡Soy yo! ¿Qué te pasa? No entiendo nada.

Y entonces me vi. Mi cara se reflejaba en un escaparate. En realidad no me vi. No era yo. Era otra cara. Otra ropa. ¿¡Cómo era posible que no me hubiera dado cuenta!? ¿qué ha pasado? Me vine abajo. Empecé a llorar. ¿Qué iba a ser de mí? Si no era yo y no era hoy… La cabeza empezó a darme vueltas y sentí que me faltaban las fuerzas, me flojeaban las piernas. Creo que me desmayé.

De repente desperté. Sólo pensaba en salir de allí. No recordaba muy bien como había llegado pero sí sabía que quería huir. Y me di cuenta de que volvía a estar en el barco. Ya sabía abrir la puerta. Ya sabía salir del puerto. No había sido un sueño ni una pesadilla. Ya lo había vivido. Estaba en la misma situación. Salí de allí de la misma manera que lo hice la mañana anterior. Y corrí rápido en busca de un espejo, un escaparate, algo donde mirarme. Encontré un coche aparcado. Me miré. Volvía a ser yo. Me inundó la alegría. Grité. Salté. Luego busqué un kiosco. Sólo faltaba comprobar la fecha y olvidaría lo del barco. Nunca habría pasado. Una noche de juerga que acabó al amanecer y punto. Ella no se enteraría. Llegué a casa a las siete. Ella ya se había ido a currar. Jamás se enteraría de mi extraña desaparición. Encontré el kiosco. Miré la fecha. Era hoy. Todo iba bien. Mire y tenía el reloj, tenía la cartera y tenía el móvil. No entendía nada pero no me importaba. Nada había pasado. Me fui a casa con la sonrisa puesta durante todo el trayecto.

Llegué, entré en casa, me duché, comí y me eché una siesta de una hora hasta que llegara ella. Llegaron las cuatro pero ella no. Llegaron las cinco pero ella no. La llamé. Móvil apagado o fuera de cobertura. Busqué por toda la casa el teléfono de su hotel. No lo encontré. Lo busqué por internet y lo encontré. Llamé, pregunté. No había ido a trabajar. Habían estado llamando toda la mañana. Empecé a llorar. Grité. Salté. Rabia. Dolor. Se me nubló la vista. Me sentí flojear. Las piernas no aguantaban más mi peso. Creo que me desmayé.

De repente desperté. Lo primero que hice fue mirar a mi alrededor. ¡Otra vez el maldito barco! ¿¡Qué coño está pasando!? Grité. Nadie contestó. Al cabo de unos segundos la puerta empezó a abrirse.

-Anybody here? hellooooooo

-¿Hola?

-¿Español? –dijo la voz con un extraño acento, era una especie de acento inglés pero raro.

-Sí, ¡¡¡hola!!!- grité

Y se abrió la puerta. Un hombre la abrió del todo.

-¿Qué hace usted aquí? ¿Quién es usted?

-Oh, lo siento. No sé lo que hago aquí. Me he despertado aquí. ¿Dónde estamos? ¿Qué día es hoy?

-Estamos atracados en Barcelona. Esto es un carguero sudafricano.

-Yo soy de aquí de Barcelona. Puedo salir inmediatamente de aquí.

-Lo siento. –y sacó una pistola que llevaba escondida bajo el chubasquero.

-¿Q-Q-Q-Q-Qué?-logré tartamudear.

-Lo que ha oído señor. No puede abandonar el barco.- dijo empujándome hacia dentro.

Tropecé, caí y golpeé fuerte contra el suelo. Se me nubló la vista. Me flaquearon las fuerzas. Creí que me desmayaba. Pero no. Vi como el marinero se iba y cerraba la puerta tras de sí. Me levanté. Casi caigo. Seguía aturdido por el golpe. Conseguí llegar hasta la puerta. Intenté abrirla en vano.

Me senté sin entender nada. Cada vez que despertaba el mundo había cambiado. Una vez yo, otra vez ella y luego el sitio. ¿Por qué? ¿Qué quería decir? ¿Qué debía hacer? Le di muchas vueltas para no llegar a ningún sitio hasta que volví a dormirme.

Unos golpes en la puerta me despertaron. Hora de comer, gritaron. Abrieron la puerta un poco y me dejaron una bandeja con restos de pollo, pan y agua. Tenía mucha hambre pero no estaba dispuesto a aceptar la situación. Comer era aceptar que era un prisionero. No podía aceptarlo. Me senté, pensé una estrategia para escapar y esperé a que llegara la hora de cenar. Y al final llegó y yo estaba listo. Encaramado encima de la puerta. Esperando que esta se abriera. Y entonces, en el mismo momento en que esta lo hacía. Se oyo el rugir de los motores, su lento despertar. Zarpábamos. Por una milésima quedé paralizado, sorprendido, pero reaccioné justo a tiempo para caer sobre el guardián. La bandeja cayó al suelo con gran estruendo. Al igual que el marinero que no sabía de donde el había caído el golpe. Cayó inmediatamente inconsciente. Le robé el arma. Nunca había tenido ninguna pero había visto suficientes películas para sentirme invencible. Así que salí de allí pistola en mano. El barco comenzaba a moverse. Sentí el impulso de saltar por la borda allí mismo pero me vino a la cabeza lo de ser absorbido por las hélices. Así que no sabía muy bien que hacer. Un hombre que trabajaba en cubierta me vio, avisó a un par de compañeros y se acercaron hacia mí a paso rápido. No tenía demasiado tiempo. Tenía que decidir. Yo tenía la pistola. Tenía el poder. Pero a la hora de la verdad no me sentí capaz de usarla. Así que salté. Salté muy cerca del muelle. Tan cerca que por un momento pensé que me lo comía. Tuve miedo. Cerré los ojos. Pero caí en el agua. Tenía que alejarme de las hélices y el borde estaba demasiado alto. Tenía que nadar. Yo. Nadar. El mismo al que le adelantan los abuelos en las piscinas. El mismo al que nada 10 metros y le dan calambres en los gemelos. Yo. Tenía que nadar para salvar la vida. Y lo hice. Lo hice con todas mis fuerzas. Nadé todo lo rápido que pude pegado al cemento. Oí algunos gritos desde el barco mientras nadaba pero entre mí esfuerzo, el agua y el ruido del motor no escuché más que un rumor ahogado. Nadé hasta que me quedé sin fuerzas. El impresionante rugido de las hélices del barco se transmitía por el agua con una fuerza que creía que me iba a atropellar en cualquier momento. Creí que iba a morir. Hasta que no pude más. Me agarré a un pequeño saliente en el muro y me dediqué a respirar y a esperar que el barco pasara por encima mío. Pero no pasó. Me giré y el barco estaba ya lejos. Sin embargo el ruido, las vibraciones del motor las podía sentir en mi cuerpo sumergido como si estuviera allí mismo. Respiré, me relajé y me vi salvado. Busqué con la mirada algún sitio donde encaramarme y no lo encontré. Grité pidiendo auxilio. Grité con todas las fuerzas que me quedaban, que no eran muchas. Sabía que había al menos un guarda de seguridad. Tenía que escucharme. Seguí gritando hasta que me contestaron. El guardia se asomó al mar ante mi llamada y me vio.

-¿Hola?

-¡Hola!-grité

-¿Qué haces aquí?

-En principio intentar no ahogarme. ¿Puede ayudarme?

-Putos borrachos-masculló.

-Bueno, ayúdeme. Y no estaba de borrachera. ¡¡¡Me acabo de escapar de un barco!!! Además, ¡¡¡está anocheciendo!!

-Sí claro, Robinson Crusoe. Como si la gente no se emborrachara de día…

-Súbame y le explico. Quiero denunciar al barco que acaba de zarpar de aquel muelle de allí.- su tono empezaba a mosquearme.

-Vale, vale. Ahora le subo, no se preocupe. Voy a por una cuerda y le llevo a comandancia.

Y allí me quedé pensando en como era posible que hoy volviera a ser ayer y que me estuviera pasando todo eso. El guarda tardaba. La noche iba cayendo y comenzaba a tener mucho frío. La fuerza que me ayudaba a agarrarme a aquel saliente de la pared empezaba a abandonarme. Me sentía desfallecer. Las olas me empujaban contra el muro y luego me arrastraban hacia dentro. Estaba débil. No había comido en todo el día. Me iba a soltar de un momento a otro cuando llegó el guarda con una ambulancia y un par de hombres del equipo de rescate del puerto.

Me sacaron de allí en una operación de salvamento más espectacular que necesaria. Me envolvieron con una manta térmica y me metieron en la ambulancia. Estaba demasiado débil. Quería ir a comandancia a denunciar al barco pero no tenía fuerzas ni para pedírselo al “ambulanciero” así que me llevaron directamente al hospital. Estaba agotado. Necesitaba descansar. Y pensé…mañana será otro día…o no.

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